A medida que me acercaba al lago, me enfrenté con ellos, altos, firmes, que me miraban desde alla arriba, preguntándome por qué es que yo los estaba mirando tanto...y tan fijo, con lágrimitas en los ojos.
Después de tantos años de verme pasar por la misma ruta, casi siempre a la misma hora...y veinte años después de que ellos me miraron tanto, yo los miré. Eran los mismos que estaban ahí firmes el invierno pasado, tranquilos, meneandose con el viento de agosto. Como alguien me recordó el otro día, todo pasa aunque no estemos ahí para verlo, ellos siguen, no nos esperan, no nos llaman, pero un día los vemos. Ni mis anteojotes podían tapar los lagrimones que se me caían, el lago planchado, los arbustos bailando haciendo un sonido tan particular, el sonido que sólo se escucha cuando no hay ruido, cuando yo nunca estoy...pero ese día los árboles me invitaron a bailar con ellos, recién ahora los estaba conociendo.
Y cuantos momentos increíbles vendrán si pienso que ese bosque tiene más de 100 años, cuantas cosas nos podrá enseñar, siempre y cuando podamos ver.
Fue esencial lo que senti.
V.
jueves, 11 de septiembre de 2008
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